Trabajando por amor al arte

Bueno, entendiendo que todo necesita un proceso de asimilación y los cambios tienden a ser comparados cuando se parte de eso de que el pasado siempre fue mejor; añado que donde dije “digo” digo “joder” y ‘La conjura de los necios’ está empezando a tener un carácter interesante. Me recuerda a cuando en el tercer libro de 1Q84, Tamaru recomienda a Aomame que lea Proust (‘En busca del tiempo perdido’). Necesita tiempo y paciencia para leerlo.
Cuando empecé a leer este libro me vinieron a la cabeza los callejones sucios de Chicago. Porque a pesar de haber vivido en ciudades americanas más aisladas; los bares de jazz de Chicago ambientaban mejor las escenografía.
Ignatius es un personaje ácido, no sólo por su válvula pilórica, sino también por su sarcasmo. En la realidad sería uno de esos tipos insoportables y cansinos que a veces te sueltan frases tan interesantes que nunca podrás agradecer por miedo al martillazo póstumo.
Vuelvo a estar sentada bajos los bancos blancos subterráneos. A mi lado, un señor escribe sucesivamente números contiguos de 0,5 décimas entre si. Y ya es la segunda vez que la señora de la silla de ruedas eléctrica, pasa a toda pastilla delante mía. No pasa ningún metro en estos momentos, así que debe estar probando la velocidad que alcanza su máquina.
A Ignatius no le gustan los cambios. A mí tampoco. Está cómodo en su burbuja porque se siente protegido en su espacio reducido. A pesar de ser un tipo grande, con estudios y juicio propio. Pero es cobarde y miedoso, aunque no lo quiera reconocer y culpe al mundo de su fracaso personal. Escribe a Myrna sobre semi fantasías para llamar la atención, o crear pena. Necesita sentirse querido porque quizá él no se quiere.
Las penas. Las quejas. El constante ojo crítico que cansa al mundo. La señora Reilly y Santa se quejan y añaden además que antes eran tiempos mas difíciles. Que si una tal y la otra doble cual.

Los momentos cómicos son excelentes. Describen movimientos de tal manera que retarda la acción a fotografías hilarantes. En la pagina 111:
“Y se fue acuclillando poco a poco, hasta que su enorme trasero tocó el taburete, con las rodillas llegándole casi hasta los hombros. Cuando se encontró asentado al fin, parecía una berenjena sobre una chincheta […] Ignatius se desplazó inquieto siguiendo los archivos, hasta que una de las minúsculas ruedas se empotró en una figura del suelo. El taburete se ladeó ligeramente y luego volcó, lanzando a Ignatius pesadamente al suelo.”
Y la escena para levantar la mole es aun mejor. Con la señora Trixie que llama a Ignatius por alguna razón, Gloria.
A los chicos de Economía de Schwenningen, les habría encantado trabajar la respuesta a la carta de reclamación que escribe Ignatius en nombre del presidente de Levy.

Hoy estoy descubriendo a un Ignatius muy observador, que si se interesa en cambiar el sistema ineficaz y propone teorías interesantes a favor de los derechos del trabajador. Hay personas que son juzgadas por su apariencia y cuando la conoces te sorprendes de que ese yo que venden, es irreal. Como le pasaba a Dalí.

Además estoy sentada de nuevo en el banco blanco de las profundidades de Stuttgart, entre dos señoras de pelo blanco y camisas floreadas y dos chicas jóvenes que miran al resto de los transeúntes pasar. A la vieja usanza.
Ayer al salir de escalada, comentábamos con el grupo las actividades semanales y que nos comunicaríamos por whatsapp. Cuando uno de ellos dijo, mi móvil no tiene whatsapp, es uno normal. Marta le dijo – Lo normal seria que lo tuviera.
Definitivamente es el día al revés, uno de esos que llueve fuerte y quienes se sientan a mi lado leen libros de papel. Y mientras tanto Ignatius escribe a sus imaginarios lectores –
“sólo me relaciono con mis iguales, y como no tengo iguales, no me relaciono con nadie.”

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