A partir de un ladrillo

Hay una esquina que me encanta mirar los días nublados. Alzaría las manos hasta la altura de mis ojos, localizaría el rincón ¡Click! y me lo llevaría a casa, para ponerlo cerca de donde podría encajar una chimenea.

Deben ser los ladrillos deslucidos bajo la corteza de enlucido y triste pintura. Tiene que estar en algún recoveco de mi infancia bajo el adobe de tejas, cañas y barro del tejado de la cuadra de mi abuelo. Donde solíamos subirnos yo y mi hermano, bien para saltar a la casa vieja de la vecina, o ya fuera para simplemente sentarnos ahí arriba y ver a la familia pasar, oler el intenso jazminero y planear nuestro siguiente objetivo de patineta.

El rojo ladrillo apasionado aún sobrevive en las casas victorianas, tan bonitas, tan odiadas. Para mí, románticas, porque quizás no las haya sufrido suficiente. Para otros, incómodas y mal aisladas, llenas de polvo y crujidos. Es como las gaviotas o mejor como los bellos pueblos que visitas y suspiras por vivir en ellos. Y los que vivimos en ellos asentimos sin más.

estaciónLa esquina está en lo alto de un edificio de antiguos molineros. Hoy en día de la fábrica de Nestlé. Me gusta cómo suena Nestlé, no la asocio tanto con el chocolate, como con las papillas de cereales con miel. ¡Qué olor a infancia!

En frente de la casa de mi abuelo hay también un molinero. Además mi abuelo solía tener en la cochera sacos apilados hasta el techo de harina. Mi hermano y yo nos hacíamos trincheras o nos subíamos hasta bien arriba de los sacos y tantas veces los rompíamos… Pero mi abuelo no se enfadaba con nosotros, simplemente gruñía un poco y ponía cinta adhesiva marrón. Era una tentación, por la sensación,  zambullir la mano dentro del saco roto. Sentir como se hundía en las minúsculas partículas y envolvía ese olor seco a cereal. Constantemente intentamos aprovechar los que destrozábamos o venían muy rotos, haciendo masa para pan y cociéndola en la chimenea de leña. Pero estaba siempre crudo por nuestra impaciencia o tremendamente recio al paladar, aunque lo comieramos luego. Sin duda, la molla del pan de kilo comprado era mil veces mejor.

Así es Proust. Empecé hace unos días “Por el camino de Swann”, un libro que desplaza a otros días. Como lo hace la luz bajo la puerta cuando se intenta dormir,  “para ver con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado”.

Evoca la niñez muy dulcemente. Ese esperado beso de buenas noches cuando eres niño. Recuerdo –antagónico a hoy –que me encantaba dormir oyendo hablar en el salón. O que cuando venía mi tía por la noche, pedía que aunque durmiese, entrara a darme ese beso de Proust.

Es una escritura lenta y muy descriptiva, de esas que ya no se llevan. Por eso hay veces que me lleva a representar mis propias escenas fuera del ambiente que describe. Es posible que no resulte del todo realista, pero prefiero esta forma de pensar madura y llena de sentimientos con la que habla este niño, a cuando utilizan ese lenguaje pueril. Así que si también quieres leerlo busca el momento apropiado, porque es como un cuadro paisajista oscuro y deslucido del barroco (por ejemplo: Caravaggio -perdón a quien ofenda) al lado de un impresionista (por ejemplo: Saurat), ni pararás a mirarlo.

Termino con esta pregunta que tantas veces siento:

“¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades?”

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