Un soplo

Me encantaba lo azul y el olor que la mandarina me dejaba en las manos.

Acaba de empezar 2015 y estoy terminando de leer las últimas páginas de Los años de peregrinación del niño sin color. Es raro que lleve los cascos, pero ahora no tengo ganas de enterarme de nada a mi alrededor. Mi avión a Gatwick ha salido tres minutos antes de tiempo y suena Sálvese quien pueda de Vetusta morla. Voy entre melancólica y feliz pero empapada en perfumes. Aunque alguien de entre los pasajeros huele mejor que yo, a jabón de Marsella.
No sé porqué me he acordado de esto justo ahora. Hace ya años, cuando era época de pasar horas de ilusión con imaginarios romances de adolescencia, mi amiga Concha y yo estábamos muy orgullosas de ser bailarinas del conservatorio de danza y estudiar en un instituto vespertino para artistas, músicos y deportistas. No sabíamos que queríamos hacer con nuestro futuro y tampoco nos importaba. La vida era como mirar a través de un cono que cogíamos por la parte ancha. Nos concentrábamos en bailar por la mañana y estudiar por la tarde. Porque éramos adolescentes libres con futuro y responsables sólo de cumplir con nuestro día a día.
Poníamos a los chicos que nos gustaban un nombre, nuestra palabra favorita. Así que buscábamos las que para nosotras suscitaran encanto. Nos gustaban algunas como el sabor del chicle de fresa, el brillo de las burbujas, la distinción del cactus, la melodía de las sonoras zetas de jazz o los empujones de la idea a borbotones. Aunque luego se nos olvidaba a quién dábamos cada nombre y terminábamos amontonando todas para darle más intensidad. 
En el año 2005, el azul lo cambié por el verde; dejé a mi primer novio, porque no tenía palabra favorita para él. También cambié de amigos y me fui a estudiar a la universidad de Hull. El cono que utilizaba para mirar el mundo giró y al cogerlo por la parte estrecha la visión era más amplia. Me convertí en burbuja y mi habitación pasó a llamarse aire. Apareció la carga del error (para aprender) y lo ideal se volvió relativo. 
Desde entonces he ido saltando de Nebraska, a Quito, luego a Darmstadt y cuando Stuttgart dejó de ser interesante me fui a Brighton. Me han ido modificando las lágrimas, recuerdos, nuevas ilusiones, alegrías, proyectos, sorpresas… y cuando creía que no se podía ser más feliz, me equivocaba. He ido dejando países, personas, casas, objetos, desintereses, cosas que me gustaban mucho, que no soportaba, que me podían haber llevado a otro lugar, etc. Pero se quedaron atrás y al final, no las hecho de menos.
 
Ya no recuerdo la intensidad de cada lágrima. No sé si las despedidas en el aeropuerto las lloro igual que las llegadas. Si cuando la rueda del tacatá se atascó en el sumidero del patio, caí y lloré, lo hice con la pasión con la que lloraba el día que me quemaron con nitrógeno unos papilomas y mi hermano me abrió la puerta de la casa vieja, asustado de mis berridos. No lo sé, son cosas que olvido, supongo que porque el dolor se pasa. Pero de lo que sí me acuerdo es de lo que te quiero a ti, a ti y a ti, donde quiera que vaya o esté.
 
Bueno, estoy aterrizando ya en Londres. No he terminado el libro de Murakami pero al menos tengo un post para el blog, que lo tenía muy abandonado.
¡Feliz 2015!
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