Del pequeño diario

La clase del 27 fue el principio de mi octubre tembloroso. Empezó como siempre, replaneada, abarrotada de actividades, dudas y un pálido entusiasmo. Y terminó como en las demás ocasiones; con ganas de más y preguntando al reloj dónde se habían escondido los minutos. Enseñar es tan gratificante, que merece la pena las horas de preparación no remuneradas. Sin mencionar la polémica que se vive estos días con las ampliación de la jornada de los profesores y las funciones a desempeñar. Gracias que sólo trato con adultos.
Ahora mismo estoy a punto de aterrizar en Frankfurt. Mañana toca mudanza y en unos días, las clases en la universidad. Vuelven los murmullos en alemán; paso de la energia del sol de verano al verdadero otoño de katiuskas. Pero estoy convencida de que todo va a estar rodeado de éxito y alegrías. Aunque aún tengo los dedos cruzados.

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