Touché

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Ayer mientras conducía de vuelta a casa, iba escuchando en la radio algo sobre la importancia de los amigos. En esta ocasión hablaban de un estudio realizado en pacientes con cáncer. Decían que  los pacientes con más de cinco amigos tenían una recuperación positiva y más rápida que aquellos que no contaban con el apoyo de una amistad. Hice un cálculo previsivo y sonreí.

Y mientras seguía conduciendo y disfrutando de una preciosa noche de luna. Saboreaba la dulce regresión a mi infancia. Excepto por un par de cambios omitibles, todo seguía en su sitio. La entrañable playa de arena y sus incondicionales aguas calmadas. Los mismos caminos entre las mismas casas; los florales olores salados de verano; mis recuerdos… Un alivio que la casa que me inundó de felicidad estuviera irreconocible para no poder echarla de menos.

A la vuelta asomaba el aura de una ciudad dormida.  Una de mis escenas favoritas es ésta. En el descenso del puerto, las frágiles luciérnagas de la oscuridad aparecen. Es la una y media de la madrugada. La temperatura al fin refresca. Reina el silencio. Hora de dormir.

 

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